En primavera de 2003 nos acercamos a Grecia atraídos por su Historia, sus yogures, su gastronomía y el solete de sus islas.
Aunque nos choca conducir por sus carreteras, enseguida aprendemos a hacerlo como ellos. Sólo así logramos recorrer buena parte de su interior. Esto consiste en ocupar el arcén para poder adelantar por la línea continua del medio, por lo que los ciclistas son auténtica carne de cañón.
Pasamos por Delfos y los increibles monasterios de Meteora. Coronamos pasos de montaña que no imaginábamos ver por aquí, mientras asistimos a los ataques de mastines de 2 metros que recibimos con el coche en marcha. Agradecemos no venir en bici y poder así, contarlo.
Atravesamos los pueblos de piedra de Zagorohoria y sus desfiladeros antes de llegar a la frontera con Albania, donde disfutamos de la tranquilidad de sus lagos.
El monte Olimpo nos pilla de paso en nuestra vuelta a Atenas, lástima que la nieve no nos deje subir.
Las islas son otro mundo. Es territorio del sol. En Rodas retrocedemos a la Edad Media y la época de los cruzados, mientras que en Santorini ejerces de guiri porque no hay otra cosa que hacer. Nos hartamos de aceitunas negras, tsatsiki y demás platos griegos. Cuando llega el atardecer todo el mundo ocupa posiciones. Llega el espectáculo de ver el sol caer en la caldera del cráter...
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